martes, 3 de mayo de 2016


Mayo 2016: Cuentos seleccionados para participar en el Encuentro de Narrativa de los Colegios Británicos ABSCH. Colegio Trebulco.

El Hat-Track perfecto
José Ignacio Escobar Ruiz.
6º Básico. 

            Hubo una vez un trío de amigos, Sebastián, Pedro y Óscar. Ellos iban en un colegio muy deportivo en el cual todos los fines de semana debían ir a jugar. Ellos eran los tres delanteros del equipo de fútbol del curso, pero lo que más anhelaban era convertir un Hat-Trick. Un Hat-Trick es cuando un jugador anota tres goles en un mismo partido. Este fin de semana jugaban un partido muy importante, era contra el colegio San Roque, el mejor equipo de la zona. En caso de ganar, el colegio de los chicos quedaría en el primer lugar de la tabla de la liga estudiantil.
            Todo parte el día Martes. El profesor Pereira, el entrenador del equipo, estaba dirigiendo un entrenamiento, cuando Sebastián dice:
- “Hemos jugado muy bien los últimos partidos, pero este es el importante, donde el protagonista, seré yo. Haré los tres goles con los que ganaremos el partido,”.
- “Perdón, pero con esa soberbia no llegarás a ningún lado, y en caso de que haya que meter goles, el que anotará los tres soy yo.”
            Pedro, cansado de escuchar la pelea entre sus dos compañeros dijo:
- “No se peleen por tonterías, tal vez ni siquiera metamos goles,”
            A lo que Óscar le respondió:
- “No digas nada Pedro, que lo de los goles lo dices porque no puedes ni siquiera chutear bien el balón.”
Pedro estuvo a punto de responder, pero el profesor Pereira hizo sonar el silbato que señalaba que había terminado el entrenamiento.
             Transcurrieron los días, y los compañeros no se hablaban, es más, practicaban y practicaban como pegarle al arco así quedarse con la satisfacción de hacer los tres goles. En el colegio no se hablaban, es más, ni siquiera compartían momentos juntos. Por ejemplo, el miércoles Sebastián se ausentó en las clases de Matemática y Ciencias Naturales para no compartir con sus dos amigos. Óscar ni siquiera levantaba la mano para hablar, estaba completamente mudo, para no tener que hablar con sus amigos. Y Pedro, se ausentó a los entrenamientos. El gran día era mañana, y los delanteros del equipo estaban furiosos unos con otros.
            El partido llegó, se jugó en el estadio amateur de Viña, la mayoría del público era del colegio de los chicos, el Red Country, pero los delanteros estaban enojados, lo que no servía para ganar el partido. El San Roque fue el primer equipo en entrar a la cancha, con su vestimenta blanca con una franja horizontal azul, y short de ese mismo color. El único problema de este equipo era el arquero, que debido a su altura, no llegaba muy arriba. En eso, salió el Red Country, Con su polera de color rojo y short negro. El partido comenzó, el público estaba expectante. El primer tiempo estuvo muy cerrado, ambos equipos jugaban bien, hasta el minuto 24, donde el jugador de San Roque, Goicoechea, sacó un remate de larga distancia que entró en el arco. Terminó el primer tiempo y San Roque lo ganaba por un gol a cero. Pero el profesor Pereira dio una charla motivacional en el entretiempo, la cual le dio energía a el equipo, y al primer minuto del segundo tiempo, Sebastián hizo magia con el balón y metió un golazo en la esquina inferior derecha. Pero cinco minutos más tarde el San Roque convirtió el segundo gol a través del delantero Javier Parra. Minuto 80, el partido ya acababa, pero Óscar saca un zapatazo de fuera del área y anota. Minuto 87, el partido estaba tenso, pero llegó Pedro y casi anota, sin embargo, el arquero la desvió al tiro de esquina. Centro del mediocampista, y Pedro de un cabezazo anota el tercer y definitivo gol que le da la victoria al Red Country.
-“Lo logramos”-dijo Óscar- “hemos ganado.”
             De repente, la felicidad reinó el ambiente, y los tres amigos se reconciliaron. El profesor Pereira gritó, lo hicimos chicos, han hecho un Hat-Trick perfecto. Lo habían logrado, los tres hicieron un Hat-Trick, pero no por separado, fue un Hat-Trick de tres amigos juntos, donde cada uno metió un gol, fue un Hat-Trick perfecto.

 El Robo.
Anton Little Litvak
7º Básico.


            “Cállate” me grita el ladrón mientras estoy tirado en el piso a punto de ser disparado por mi propia estupidez...
            Si se preguntan qué esta pasando, aquí esta: Decidí ir al banco para cobrar mi paga (mi jefe me dio un cheque) y como el gran policía valiente que soy apenas vi la persona atrás mío sacar la pistola decidí qué hacer. Me tiré al suelo y me puse a llorar (No me juzgues, no es mi culpa que no quiera morir).
            Bueno volviendo al presente ahí estaba yo, llorando como una gallina mientras tenía un metal mortal apuntado a la cabeza, me callé y me quede ahí por lo que se sintió como horas aunque probablemente fueron dos microsegundos en los que recobré mi coraje, y formé un plan. Esperé el momento oportuno y ataqué: lo patee en la pierna dolorosamente y mientras se caía le robé la pistola y la apunté a su cabeza... Debo ser honesto no pensaba que eso funcionaría, entonces me quedé plasmado con una pistola apuntada a la cabeza del hombre que ni siquiera conocía. Después solo dije unas palabra, “¿Por que?” y él estaba a punto de contestar cuando algo inesperado pasó: explotó en lágrimas. Yo quería llorar con él y qué sé yo por qué, hasta que recordé como llegamos a esta situación. iEL ME QUERÍA MATAR! Bueno, supongo que él también cree que yo lo quiero matar.
            Cuando terminaron sus llantos llamé a mis compañeros (Policías), y se lo llevaron a un manicomio. Extrañamente hasta el día de hoy nadie sabe por qué robó el banco.

EL PSICÓLOGO.
 Sebastián Bull Navarro
8º Básico.            

Era otro día en la consulta de Han Rivers, un psicólogo que llevaba mucho tiempo trabajando.
-¡Todos mis amigos y familiares dicen que estoy casada con mi trabajo! -Dijo una mujer, que estaba en la consulta, revisando el correo electrónico en su teléfono, frente al psicólogo.
-¿Tiene usted otro pasatiempo más que trabajar? -Preguntó Han.
-La mujer lo miró fijamente, mientras tenía un profundo pensamiento de si tenía otro pasatiempo más que dedicarse a su profesión.
-A veces juego a los dulcecitos en el teléfono. -Dijo después de un momento.
-¿Eso es todo? -Preguntó Han con una cara de decepción.
-¡Muchas gracias! -Dijo la mujer con una voz débil, dejando la consulta después de pensarlo un momento.
-¡Esta gente debería por lo menos saber los problemas que tienen!
-Dijo Han furioso mientras encendía un cigarrillo.
-¡Uff! ¡Siguiente! -Gritó histérico Han.
-Entró un hombre obeso y con ojeras y se tumbó en el asiento.
-En este expediente dice que usted es alcohólico. ¿Es eso verdad?
-¡Buenas tardes! Yo solo tomo de vez en cuando, pero no me excedo.
-Dijo el hombre con una voz seca.
-Hace cuánto que no toma? -Preguntó el psicólogo antes de inhalar el tabaco.
-Hace una hora, yo necesito tomar para olvidar mis problemas, mi matrimonio se está destruyendo y estoy por perder mi trabajo.
-¿Y por qué está ocurriendo eso? -Preguntó el psicólogo dejando el cigarrillo en el cenicero.
-Porque... este... no lo sé... Por eso necesito tomar.
-Han, notando que el alcohólico descubrió la raíz de su problema, lo miró fijamente.
-Me voy, necesito un trago. -Dijo el hombre en voz baja mientras abandonaba la habitación.
-Esta gente no sabe ni descubrir sus propios problemas, este es el quinto alcohólico del día. -Dijo Han con desgano mientras encendía otro cigarro.
            Han recibió un correo de su jefa, pidiéndole que envíe los informes de la semana por cada paciente con problemas de adicción al tabaco.
-¡Demonios! ¡Estoy harto de la jefa y sus informes!
¡Siguiente! -Dijo Han de nuevo, con histeria.
            Entró a la habitación un niño de unos ocho años de edad.
-¡Hola! ¿Por qué está tan delgado? -Preguntó el niño extrañado.
-Problemas económicos. -Dijo el psicólogo abriendo una cajetilla de cigarrillos.
-¿Y por qué  fuma? -Porque necesito quitarme el estrés que me ocasionan personas como tú que no me dejan trabajar en paz. Respondió Han irritado.
-¿Entonces por qué es psicólogo si le estresa tanto?
-Han encendió otro cigarrillo y aspiró el humo.
-Niño, tú estás aquí por tu mal rendimiento escolar ¡Tus calificaciones apenas te alcanzan para aprobar! -Le gritó Han olvidando que es un niño pequeño.
-Yo estudio poco, prefiero dibujar y cantar, pues ya que no necesito buenas calificaciones por ahora ¿Para qué estresarse?
-¡Para triunfar en la vida y tener un trabajo estable! -Gritó Han irritado.
-¿Entonces tener un buen trabajo es triunfar en la vida? Yo me voy de aquí, no necesito un psicólogo. -Dijo el niño mientras corría fuera de la consulta.
            El psicólogo pensó por un momento, hasta que recibió una llamada de su jefa. Han colgó el teléfono, tiró la caja de cigarrillos por la ventana y tiró al piso el cenicero antes de abandonar la consulta.
-¡Voy a perseguir mis sueños! -Gritó Han Rivers, alejándose del lugar.


La ceremonia.
David Murillo Galiano

I Medio.            

Había llegado la hora. Decenas de personas se reunieron esa tarde para ver en persona algo que la mayoría de la gente no lo querría ni ver, pero esta vez era distinto y una vez que el sol se alzó sobre la multitud apartando la fría brisa que les tenía a todos tiritando, la ceremonia se dio por empezada.

            Todo se llevó a cabo en la plaza central, algo no muy normal en este tipo de actos. Una plaza que dicen que era más vieja que el mismo pueblo, y el que sea que fuese que se inventó aquel mito, parecía tener toda la razón del mundo, pues sus pequeñas estatuas de piedra y su aspecto descuidado, en el que por cierto, no se podía observar ningún ser viviente, hacían los escalofríos y las pesadillas se apoderasen te todo aquel que pasara por delante de esta. Como es normal, se encontraba en el centro del pueblo, pero a diferencia de las otras plazas del mundo, en esta rara vez de veía a mujeres paseando o niños jugando, se podría decir que estaba abandonada. Y pese a ser la plaza más grande del pueblo, los eventos principales se hacían en una bastante más pequeña, donde no cabía ni la mitad del pueblo. Pero esta vez decidieron hacerlo ahí: todos querían ver el espectáculo, y esta inhóspita era el único lugar donde todos cabía, sin necesidad de estar apretados los unos a los otros. Esta vez, a nadie le importaron las leyendas, ni los mitos. Esta vez era distinto.

            Los protagonistas del acto aparecieron de una de las cuatro calles que daban a la plaza, una por el norte, otra por el sur, este y oeste. La multitud, antes calmada, ahora saltó de emoción al ver como se acercaban al improvisado escenario de madera. Se escuchaban más gritos de los que el pueblo había escuchado en toda su historia (la cual era bastante larga) y no era para menos. Nadie mandó que se callasen. Nadie intentó calmar el ambiente. Nadie quería eso.

            Los rostros de los ahí presentes no eran exactamente de felicidad, aunque la tristeza nunca fue sentida esa tarde por ninguno de los espectadores, ni mucho menos. Esa mañana ni la luna quería desaparecer, nadie se lo quería perder. Y entre coros y gritos, un fuerte silbido proveniente del escenario hizo que el público guardase silencio, algo bastante difícil, puesto que la multitud parecía estar volviéndose loca al ver como el momento decisivo se acercaba. Tras el silbido, la grave voz del alcalde rompió el silencio.
-Muy buenas tardes a todos. Hoy, estamos aquí presentes debido al señor Juan Carlos Márquez. –silbidos se escucharos tras la pronunciación del nombre. –Como todos sabéis, al señor Márquez se le ha acusado de violación y asesinato de varias ciudadanas de este pueblo. Así que no se hable más, y que la ceremonia prosiga.

            El alcalde  bajó las escaleras del escenario, de entre las cuales un hombre alto, con hacha en mano y una capucha negra que le convertía en un anónimo subió. El hombre traía de la mano a un hombre esposado, al cual puso de rodillas y dejó inmovilizado, con la cabeza atada y las manos a la espalda. Segundos después, un sonido seco hizo que el público se voltease y que los de la primera fila se apartasen, dejando lugar a la cabeza de Juan Carlos Márquez.

 Cuento sin título.

 Martín Muñoz Garnham.
I Medio.

            Dicen que cuando uno esta apunto de morir puede recordar cada minuto de su vida, en mi caso no fue asÍ, en el momento en el que me dispararon pude entender el problema, descifrar el último eslabón que lograría completar el rompecabezas que estaba provocando mi muerte.

            Para ponerlos en contexto, yo solía ser un buen trabajador, padre de familia y fiel marido, mi única debilidad eran los dulces, siempre necesité unos a mano, y por esa misma razón me vi afectado al punto de recibir un tiro en la cabeza.

            Soy de esas personas que gustan de aprovechar su tiempo al máximo y hacerlo rendir la mayor cantidad de billetes posible, por eso,  tenía un doble empleo, en la mañana trabajaba como guardia del banco nacional y en la tarde como profesor de un preuniversitario.

            La mañana en el banco, ese día jueves 23, no fue nada normal, el mismo auto blanco pasó tres veces por afuera y un señor vino cinco veces con diferentes atuendos, me preparé para lo peor....

            Mi premonición fue acertada, minutos después llegaron cuatro encapuchados que intentaban asaltar el banco. En mi opinión personal, hacerse el héroe no es de mi agrado, y mucho menos si ese era yo. Así es que cuando vi la oportunidad no dudé ni un segundo y salí corriendo, una cuadra, dos cuadras, tres cuadras, en la cuarta empecé a sentir un hormigueo, pero seguí corriendo, a la quinta cuadra empecé a ver borroso y me fatigué; después de eso, me acuerdo de haberme despertado con un asaltante encima de mí, apuntándome en la cabeza con una 9mm preguntando por mis últimas palabras.....

            En conclusión, descubrí que mi diabetes no fue mi mejor amiga ese día.


 Corazón oscuro.

 Maximiliano García Fuster.
I Medio 

            Esa fría mañana en el aeropuerto es el único recuerdo que se repetía en su cabeza. La falsa sonrisa que le dio a su madre producto de la rabia que se acumulaba en su interior. "Deberías sentirte feliz por ella si en verdad la quieres", una simple frase que sería entendida por cualquier ser humano aceptado, pero él no entendía razones, él estaba cegado ante la idea de pasar un mes solo, sin nadie a quien recurrir, sin su único propósito en la vida. 

            Desde pequeño que desarrollaba su amor por ella, era algo inocente en un principio, pero los años pasaban y su mente perdía el rumbo, poco a poco iba perdiendo la cordura, pero él se disfrazaba bajo la imagen de un simple cariño especial hacia su madre. Pero él solo la quería para sí mismo.

            Su sueño más profundo era viajar a Europa, ella no moriría sin haberlo logrado, pero cada vez que el tema se discutía él se refugiaba en su mente con rabia y egoísmo ¿Cómo era ella capaz de abandonarlo? ¿De dejar a quien siempre estuvo ahí para ella?
            Su ira se acumulaba dentro de él y nadie era capaz de notarlo. Año tras año se conversó del tema, pero nunca se discutía algo concreto. Hasta que sucedió y esa fría mañana se sigue repitiendo. 

            Resulta que pasaban los días y su corazón se ennegrecía hasta más no poder. Se encerraba en su cuarto a hablar con su madre, pero su mente no actuaba muy bien. Y llegó el mes, la cálida bienvenida que habían preparado para ella no ocurrió, porque ella nunca regresó. Meses después se enteraron de la desgracia, su madre había sido brutalmente asesinada, sin merecerlo, sin justificación alguna. Y él ya no pudo ocultar quién era. 

            Veía a la gente contemplarlo a él, en lo alto de un edificio con un pie en la fría   soledad y otro en la cálida imagen de su madre. Y se repetía esa fría mañana en el aeropuerto, pero ya no importaba porque cuando saltara nunca nadie los iba a volver a separar.

Acosomundano.com
 Sebastián Irusta Brignole.
III Medio. 

            Algunos susurran que cuando se está a punto de insurgir, ven sus vidas ajetreadas por el mal vivir de la época, pasar efímeramente frente a sus ojos. Otros lo han descrito como un túnel frío y estrecho, con una cálida luz emanando desde el otro lado que tienta fuertemente a poner en juego su destino. Lo que vivió Gallardo aquella helada y solitaria madrugada del 29 de marzo de 1931, sentado frente a la plaza Los Laureles, fue el presagio de que un nuevo relato de La Muerte había sido concebido.

            Gallardo es un sacrificado agricultor, cuyo pasatiempo es pensar en el ser humano y la razón.  Era un trabajador de aquellos que ayudaban a sus compañeros, representaba las opiniones diversas, honrado, responsable. Era uno de aquellos hombres que ya en ese tiempo habían dejado de existir; un “uno en un millón”, como dicen por ahí. Mientras trabajaba su pálido cuadrado de suelo, solía escuchar las complejas melodías que cantaban los abejarucos del campo y los susurros del culto viento proveniente del norte. Al terminar su jornada, se dirigía a su excéntrica casa, heredada de su madre, quien fuera hija de un duque con grandes riquezas, cuyo nombre real jamás se supo. Al llegar, comenzaba su rutina diaria: tendía su ropa en un piso de madera junto a la cama y se dirigía a tomar una ducha reponedora, para luego concluir el día sin nada más que la compañía del cantar de los grillos y el gruñido del mar, mirando el fragmentado cielo estrellado y la callada luna, que para él, tenía muchos secretos que contar y anécdotas de nunca acabar.

            De gente cercana suya no se tenía registro, muchos creían en una posible doble personalidad oculta de Gallardo, pero la verdad es que le tenía miedo al amar, ya que siempre se había presentado ante La Muerte como su igual, creyendo que cuando llegase el momento de partir, se irían juntos como amigos. Desde joven, La Muerte había presentado un interés especial en su historia, arrebatándole a su madre segundos después haber dado a luz, producto de una reacción alérgica que sufrió la dama, tras haber recibido una inoportuna muestra de penicilina, suministrada por la joven y despistada matrona. Ocho años después, cobró la vida de su padre en un fatídico accidente automovilístico provocado por una joven embriagada que se encontraba conduciendo a exceso de velocidad en la verde noche de Madrid, en las afueras de la fábrica textil donde él trabajaba. Con el iracundo paso del tiempo, más muertes fueron sacudiendo el puente que sostenía la vida de Gallardo, oxidando las pequeñas tuercas que unían las partes, rompiendo los sensibles y delgados clavos y derrumbado los pilares que sostenían este puente. En definitiva, arremetiendo contra su lozanía, haciéndole creer que ya nada quedaba y que no había más remedio que volverse uno con La Muerte.

            Con el objetivo en mente de sanar sus heridas, sabiendo que si no las enseñaba, jamás irían a curar, y comprendiendo que inmerso en su soledad no podría salir de su intensa angustia, Gallardo opta, sabiamente, en acudir a un renombrado, pero costoso psicólogo newyorkino, reconocido en toda España por haber aconsejado al Rey Álvaro I tras la muerte de su eterna prometida producto de un mal entendido con su padre, un hombre de la alta hidalguía.

            Cinco y media de la madrugada marcaba su boleto la partida del barco que lo embarcaría rumbo a Nueva York. Sin mayor devoción, la historia de Gallardo daba comienzo a su fin.

            Poco antes de llegar, Gallardo vislumbró un cambio en la tonalidad del apacible océano que lo rodeaba, tornándose este a un color rojizo oscuro, como si de un océano de sangre se tratase. Señal inequívoca de que había llegado a la ciudad del cielo.

            Pero no solo el basto mar había cambiado, sino que el cielo, el aire, el ánimo, todo había cambiado. Poco podía ver uno de la palma de su mano si la extendía hacia la nada que los rodeaba. Una robusta y temible neblina, probablemente provocada por la vaguada costera, volvía al ojo más hábil en una simple imitación de propósito, sin utilidad. Todos los sentidos habían sido cegados, anegados, por el ambiente de mala muerte.

            Al llegar, los pasajeros se demostraban inquietantemente indiferentes a lo que daban crédito los ojos de Gallardo. Ellos no podían apreciar todo el cambio que se acaba de presenciar. Pero Gallardo, sí. Él se mostraba incrédulo frente a lo que su vista le hacían ver; una ciudad pintada de un insensato verde, y si había algún matiz, la policía llegaba en un tris. Mas no solo eso, sino que también se apreciaban un sinfín de mimos subiendo unas escaleras que llegaban hasta donde la vista daba, y más, más, mucho más.

            La mente de Gallardo se nubló con nada más que pensamientos oscuros y un ánimo de callar. Buscando sosegar la invasión de la ciudad, se dirige a su hotel, el cual presentaba un verde menos imponente que el de los demás edificios presentes en esta extraña ciudad.

            La cita con La Muerte había sido acordada para el mismo día de su arribo, en la estancia del hotel. un lugar con muchos cuadros románticos y renacentistas, velas con leve inspiración gótica y un cuadro general que lo único que daba a pensar, era que el autor de la escena había sido barroco. Sin mayor dilación, la consulta dio lugar. Gallardo había quedado impresionado con los rasgos del psicólogo, el cual, pese a ser newyorkino, no ostentaba el característico color de sus habitantes, sino que utilizaba colores vivos: rosa, amarillo, magenta, azul turquesa. Su rostro parecía alegre, inclusive llegaba a inspirar generosidad en Gallardo. Muy diferente a como lo habían presentado la sensacionalista prensa escrita española.

            Pero no solo la apariencia de La Muerte había sido inesperada, la cita también fue desconcertante, constando esta de una breve frase del psicólogo y su sagaz desaparición por la puerta principal: "no puedes encerrar la oscuridad. Como tampoco puedes matar tiempo sin herir la eternidad".

            Sin previo aviso, Gallardo empezó a cambiar su aspecto, el azul oscuro de su chaleco y el café mate de sus pantalones, se habían tornado de color verde. ¡Verde!. Con esto Gallardo entendió que esta sería la última vez que él vería a La Muerte como su igual y que debía escapar a su querida España. Desafortunadamente, aquel pueblo que lo vio nacer, ahora lo vio llegar a su inexorable final, pactado hace un tiempo atrás con “La Mundana”.



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