lunes, 3 de diciembre de 2012



 Nuestros alumnos siguen creando...
David Flint.
I Medio.



                                      




 “Diario de un francotirador”.

                           
15 de agosto 1943, Dachau Alemania.

Allí estaba con la mira en la cabeza de un alemán. La pipa milímetros más arriba de su casco. Mi cálculo de distancia, viento y tiempo solia ser muy exacta.  Sabia que esta bala no fallaría su objetivo y esta era la última vez que tal alemán mataría a un amigo. Inhalé, exhalé. Entre suspiros vi mi oportunidad. Los sonidos de ametralladoras cesaron. Las explosiones apenas se escuchaban. Era el momento. Jalé el gatillo, viendo caer inmóvil a mi enemigo al suelo. Por primera vez en mi vida he matado a un hombre. Muchas cosas pasaron por mi mente. Podría ser padre, podría tener hijos, tiene un padre que nunca verá denuevo a su hijo. En ese momento bloque mis pensamientos y me dije: “Esto es guerra, si no mueren ellos, moriremos nosotros”. Me reposicioné en el pequeño lugar que me daba la seguridad, y era lo unico que me escondia y refugiaba de todo a mi alrededor.  Miré  hacia la ola de alemanes que venían en mi dirección. Uno por uno fui eligiendo a víctimas que cayeron inmóviles. Los que quedaban vivos estaban estupefactos. Muchas veces me he puesto en su posición. Que tus amigos caigan uno por uno a tu lado sin saber de dónde proviene la bala, debe ser doloroso, confuso y traumante. Conté a quince muertos por mi rifle. El resto de los alemanes finalmente retrocedió, fracasaron en romper nuestro campamento. Después de la batalla reunimos a los hermanos caídos. Él bar estuvo lleno, pero no había felicidad, nadie habló. Para la mayoría, emborracharse parecía la solución a los dolores. Yo no podía. Todavía sentía algo extraño por los que maté. Un nudo en el estómago. No lo quiero sentir. He visto la brutalidad, la violencia de estos seres que no deberían considerarse humanos. Los millones de cuerpos esqueléticos en Auschwitz, la exterminación sistemática y masiva. No merecen los sentimientos que estoy teniendo. Si llegan a capturarme mi destino sería el mismo, dibuje la estrella de David en mi casco.  Todos los soldados Judíos han hecho algo similar.  Que estos Nazis vean como les miramos furiosos directamente a los ojos.  No hemos perdido la esperanza ni la confianza.  En esta guerra veo claramente la diferencia entre los malos y los buenos, y pelearé hasta la muerte por lo que yo amo y por los que amo.  Se rumorea que mañana partimos rumbo a Berlín. Veo que avanzamos, pero esta guerra está lejos de acabarse. ¿Veré de nuevo a mi Marilyn? Ya es difícil hacer amigos.  Los conoces un día, y el proximo esta muerto.  Uno por uno y día a día caen.  ¿Cuándo es mi turno?  Lo que daría por haber pasado el exámen de aviador, estar a solas en la cabina de una aeronave, sintiendo la brisa veraniega pasar entre mis cabellos.  Sentir cada turbulencia en las alas, y que mi mundo sea tridimencional.  Una guerra entre caballeros del aire que batallan con el objetivo de destruir otras máquinas y aeronaves.  Y no matando a otros seres humanos.  Pero al final del día, cuando baja el sol y nos acostamos en nuestras incomodas barracas ¿Que soy? Soy un asesino.

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La Visita a la Clínica



El hombre seguía quejándose y llevando sus manos a la cara mientras daba vueltas en la pieza; había estado así por horas. Cuando había llegado, se quejaba en voz alta, hablaba de que estaba enojado con su padre y que debería golpearlo pero sería un acto débil hacerlo en ese estado.

Pasaron veinte minutos más y el hombre comenzó a preocuparme, así que le llevé un vaso y le ofrecí algo más, pero simplemente lo tomó con rapidez y lo lanzó contra la pared alarmándome. Por un momento, pensé que me golpearía de nuevo, pero intenté calmarlo.

- Estás bien-  le pregunté.

- ¿Qué crees?- dijo éste-  ¿Lo estarías si tu maldito padre al que le pagas todo, te deja solo millones de deudas y una familia hawaiana a quienes mantener?

Entonces quedé con la boca abierta sin saber qué decir y sentí compasión por él. Se lanzó a abrazarme y reventó en lágrimas. Y me hizo recordar por qué me había casado con él.


Patricio García
8° básico B
The Mackay School



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